Monstruos modernos, de Jordi Costa y Darío Adanti
Darío Adanti es un ilustrador marciano, aunque nacido en Buenos Aires, principalmente conocido por sus surrealistas personajes de Caspa radiactiva, para el semanario El Jueves (entre otros bizarros seres como Cabeza de tostadora o El Calavera. Autor de cortos animados locos y fuertemente influenciado por la serie Z y el arte mexicano más explosivo.Juntos han dado forma a un nuevo estilo de columnismo periodístico ácido, lisérgico y brillante, probablemente único, en el que las imágenes de Ché Qué Loco y el Mostrenco Articulista (o lo que es lo mismo, Adanti y Costa) se complementan a la perfección y nos dan lecciones de historia y anatomía de la cultura Pop.
Su última sinfonía didáctica es “Monstruos modernos”, no por casualidad publicada por la editorial especializada en cómic Astiberri, donde por un momento se alejan del cine de serie B y de los personajes maravillosamente extraños, y recopilan las disecciones que durante más de un año realizaron para el magacine mainstream On Madrid, ofreciéndonos su particular visión de la serie A, de los aspectos y elementos culturales más comunes y habituales de la sociedad contemporánea. Las piscinas, los estrenos de cine mayoritarios o los fenómenos telesivivos más en boga pasaron durante un año por su trituradora Pop, y en este libro, de obligatoria adquisición, nos lo sirven en bandeja.
Con permiso de los autores, publicamos un extracto del mismo. Concretamente, el artículo en el que vapulean a la simpática figura del sumiller de andar por casa.
EL SUMILLER O LA AFECTACIÓN DE ALTA CATADURA
ÚLTIMOS RASTROS: La proliferación de cursos de cata y el despegue de un cierto star-system del sumiller enmarcan la consagración de un nuevo tipo humano: el amigo que entiende de vinos, siempre dispuesto a tomar el camino más largo en dirección a la cogorza.
- 1. A todos nos ha pasado alguna vez: Sí, sabéis de qué estoy hablando, de ese día en que uno sale a cenar con los colegas y, de repente, aquel a quien considerábamos tan asilvestrado se ofrece a probar el vino, mete la napia en la copa, ingiere un trago, chasquea la lengua y le pide al camarero que cambie la botella porque a) está picado, b) sabe a corcho o c) cualquier otra sandez. ¡Quién le ha visto (en las largas veladas del botellón) y quién le ve (en los cursos de cata)! He aquí un nuevo arquetipo ridículo, afectado y con capacidad para dar mucho juego: ¡el bebedor con coartada!
2. Con un sorbito de amontillado: Siempre que se habla de catar vinos, me acuerdo de aquel episodio de “Historias de terror” de Roger Corman, perfecta mixtura de “El gato negro” y “El tonel de amontillado”, donde Vincent Price y Peter Lorre se batían en un memorable duelo de cata: el primero seguía la estirada ortodoxia del sumiller, mientras que Lorre daba cuenta de los caldos con la alegría del borrachín… y lograba batir a su adversario. En el fondo, el connoisseur vinícola es la forma melindres del dipsómano: su versión socialmente respetada. Conclusión parecida podía sacarse viendo “Entre copas” de Alexander Payne: Miles (Paul Giamatti) le afea la conducta a su amigo Jack (Thomas Haden Church) porque acaba de apurar una copa de vino con el chicle en la boca, pero, avanzado el metraje, él mismo será capaz de vaciarse un cubo entero de posos de vino en el gaznate para ahogar su desesperación de mediana edad. Llega un momento en que Miles necesita liberarse de las formas, desvelando su auténtico móvil a la hora de adentrarse en sutilezas enológicas: beber y beber hasta caer de espaldas.
3. Lírica de etiqueta (dorsal): La enología supone entrar en un jardín de verbosidad florida: allí, un sorbo de vino tinto genera una reacción en cadena donde a) los tostados de sicómoro, vainilla y tabaco dominan en nariz para cerrar con recuerdos de hibisco macerado en miel de azahar; b) en boca, el caldo se muestra carnoso y persistente desplegando excelentes sensaciones táctiles que lo dotan de un paso maduro y amable y c) titilan en el paladar ecos especiados y notas de monte bajo mediterráneo con un leve punto de baya de saúco. Nadie diría que este locus amoenus de la monserga está en nuestro país, la tierra del morapio, el aguachirle, el vino peleón, la garrafa y el kalimotxo. Hay tantos atajos para la curda que se tenía que poner de moda el camino más largo.

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